1. El repartidor de Pekín, de Hu Anyan. Alfaguara.
El autor de este libro no es escritor. O no lo era hasta que el relato de su vida encadenando trabajos precarios en las megaciudades de China se convirtió en un fenómeno editorial.
Hu Anyan ha tenido diecinueve empleos distintos desde que se graduó: repartidor de paquetes, guardia de seguridad, dependiente... Cada vez que uno de ellos se volvía insoportable, lo dejaba y cambiaba de ciudad, llevando siempre consigo obras de sus autores favoritos. Chéjov, Carver o Foster Wallace eran las ventanas por las que entraba aire mientras intentaba sobrevivir en un sistema que nunca fue diseñado para sostenernos.
Con su voz sin adornos, su capacidad de observación y un delicado sentido del humor, Hu ilumina las vidas invisibles tras los oficios que mantienen el mundo en marcha, pero también muestra cómo, gracias a la literatura, encontró consuelo e incluso una forma de libertad.
Esta obra se interroga sobre el sentido del trabajo mientras plantea una
pregunta más acuciante a lo largo de toda la narración: ¿acaso alguno de
nosotros sabe de verdad cómo vivir?
2. La hija, de Sergio del Molino. Alfaguara.
Rosario Weiss, de quien estuvo enamorado en su juventud. La joven creció junto a Goya y aprendió de él, pero por encima de todo, fue la hija que lo acompañó hasta sus últimos días; sin embargo, tras la muerte del pintor, quedó relegada durante décadas, borrada tanto por su condición de mujer como por la voluntad colectiva de conservar intacto el mito goyesco.
Más de un siglo después, el escritor Sergio del Molino contempla el
autorretrato de Weiss en el Museo del Prado y, haciendo uso de la máxima
libertad que permite la ficción, repara los hilos que la historia se empeñó en
romper, al tiempo que reconstruye una época convulsa de la historia política y
cultural de España. En ese proceso, ilumina el singular papel del creador y
deja al descubierto la maniobra que expulsó a Rosario del relato. La hija devuelve
su identidad a una artista excepcional que nunca debió perder el centro de su
propia vida.
3. Soñarán en el jardín, de Gabriela Damián Miravete. Alfaguara.
Se dice a menudo que «el futuro está escrito» como si eso robara toda la esperanza, pero es en la escritura donde se juega la imaginación subversiva de lo posible y la memoria indómita de lo que está al borde del olvido. ¿Y si, para los seres que el presente desprecia y mengua, el porvenir fuera el tiempo de la rebeldía y la comunidad?
En los doce cuentos que componen Soñarán en el jardín, Gabriela Damián Miravete despoja la fantasía, el horror y la ficción especulativa del manto fúnebre de lo irreversible en una serie de ventanas a lo inesperado y asombroso. Y lo hace con una inteligencia insubordinada y un oficio artesano del arte de contar. Sus narradoras son, como ella, mujeres autónomas que confabulan para ingeniar máquinas y conjuros de libertad de cara a los páramos de la catástrofe.
Las flores y los gatos, el agua y la montaña, deshacen con palabras
indóciles la promesa de apocalipsis que intenta conquistar nuestro mañana y
ocupan el lugar de los congéneres, en un mundo compartido y horizontal en el
que los seres humanos no son la cumbre de ninguna evolución
4. El amo, de Santiago Díaz. Alfaguara.
Una fría mañana de invierno el cadáver de una adolescente aparece en una parada de autobús del extrarradio madrileño. El equipo del inspector Iván Moreno y del subinspector Jotadé Cortés, el único policía gitano de su comisaría, descubre que se trata de una joven desaparecida misteriosamente años atrás y que ha sido asesinada tras dar a luz. Es la última de una larga lista de secuestradas a las que han matado justo después de ser madres.
Jotadé tiene que enfrentarse a este nuevo caso mientras atraviesa una
crisis con Lola, su pareja, e intenta al mismo tiempo ayudar a Lucía, que lidia
con un nuevo y turbio incidente en el centro de menores donde ahora reside.
Cuando otra chica desaparece, Jotadé tendrá que dejarse guiar por su
extraordinaria intuición y mirar en su entorno más cercano, donde desde hace
años se esconde una verdad terrible.
5. Las otras, de Alia Trabucco. Lumen.
Con la agudeza, la imaginación crítica y la escritura fina y sugerente que le han valido reconocimientos internacionales como el Premio Femina étranger, Alia Trabucco Zerán brinda en Las otras una mirada radical «sobre el presente y sus espinas». Se trata de una quincena de ensayos, trenzados con gran inteligencia, en los que la autora echa mano de sus inquietudes, lecturas, vivencias y recuerdos para lanzar sobre el mundo contemporáneo un examen que intenta entender los nuevos escenarios y al mismo tiempo pensar otros horizontes.
Los dilemas del feminismo, lo queer, la catástrofe palestina, el cuerpo y
el islam, la circulación de imágenes en el mundo virtual, los neofascismos o la
recuperación de la memoria de los ancestros suscitan en Trabucco Zerán
reflexiones que emocionan e interpelan. «¿Es que en realidad miramos con las
palabras?», se pregunta a raíz del poder del lenguaje a la hora de nombrar o de
borrar. «¿Y qué hacer con el escritor cuya postura nos incomoda radicalmente?»,
inquiere en otro brillante texto sobre las nuevas formas de censura.
6. La chica más lista que conozco, de Sara Barquinero. Lumen.
Alicia deja su ciudad natal para estudiar Filosofía en Madrid, convencida de que allí encontrará compañeros con los que hablar de libros y profesores capaces de cambiarle la vida. Seducida por un grupo de estudiantes tan inteligentes como crueles, pronto descubrirá que el saber no siempre es sinónimo de virtud, pues en las aulas reina la arrogancia, y la brillantez intelectual convive con la precariedad, el cinismo y las miserias cotidianas. En medio de su Bildungsroman particular, entre los movimientos estudiantiles y el estudio sobre qué significa el amor para autores como Platón o Sartre, se obsesionará con Juan, uno de sus profesores, pese a que él es más de diez años mayor.
La chica más lista que conozco es una novela sobre la vergüenza, las complejidades del consentimiento en las relaciones atravesadas por la desigualdad y los límites del Me Too. Escrita como un tratado filosófico, indaga también en la amistad femenina en entornos masculinizados, la belleza del conocimiento, la ansiedad por forjarse una identidad y los claroscuros del compromiso político en la vida íntima.
Tras el fenómeno literario de Los Escorpiones, que le valió el aplauso de
los lectores y la crítica, y la comparación con autores tan brillantes y
dispares como Marías, Cervantes, Enriquez, Foster Wallace, Bolaño o
Houellebecq, Sara Barquinero, «la escritora que ha puesto patas arriba el mercado
literario [con] una experiencia de lectura que obsesiona, inquieta y te
arrastra hasta el final» (Esquire), se consolida como la gran narradora de su
generación.
7. Familia y burguesía, de Natalia Ginzburg. Lumen.
Carmine, arquitecto, e Ivana, traductora, fueron amantes hace tiempo, y tuvieron una hija que murió siendo un bebé, tras lo cual su relación terminó. Décadas después, Carmine está casado con Ninetta y tienen un niño pequeño, Dodó, pero se pasa el día con Ilaria y la hija adolescente de esta, Angelica. Melancólica y deslumbrante, Familia examina con elegancia y humor la condición humana, el paso del tiempo, la felicidad y las oportunidades perdidas.
Por su parte, en Burguesía, la viuda Ilaria adquiere uno detrás de otros tres gatos siameses para que alivien su soledad, pero todos mueren o desaparecen.
En ambas novelas, bajo una prosa sutil y despojada y un rico elenco de
personajes, corre un filón de infelicidad y aislamiento, a medida que Natalia
Ginzburg explora el encanto de los recuerdos y la complejidad de la familia y
las relaciones.





















